Ayer, curiosamente, en un acto de lanzamiento de un libro sobre su vida, Eusebio Leal dijo dos cosas interesantes, la primera: "Nunca he sido comunista; he sido Fidelista". Con esto quiere decir algo muy importante para los que sepan ver. Lo que mantenía el statu quo de la Oficina era su relación con Fidel. Con Raúl es como hablar con el capataz de una finca ganadera. No quiero decir con esto que Fidel fuese un patrocinador de cultura, sino que en 1993, debido a la desesperada situación del país, él vio en esto un filón para obtener dólares del turismo.


Recordar que hasta ese momento La Habana Vieja era un infierno olvidado. Lo que pasó a continuación es que esta autonomía parió el único proyecto socio-cultural y económico que funcionaba (y funcionaba de veras) paralelo al Estado totalitario. Solo un dato pequeño: La Oficina del Historiador creó un programa de atención a discapacitados físico-motores y ancianos que eclipsó la labor del disfuncional Ministerio de Salud Pública a nivel nacional. Por la parte económica el éxito era evidente y ponía de relieve la incapacidad de la economía estatal. Se creó un impasse que un gobierno de corte pseudomonárquico no puede permitir y decidieron dar el paso.

 

Para empezar necesitaban dejar crecer la bola de la corrupción. Esto, unido al verdadero despotismo de Mercy Weiss les sirvió en bandeja de plata la oportunidad esperada. Después vino el escándalo del corrupto director de la Empresa Constructora Puerto de Carenas y ahí la debacle. Claro, lo que ellos llaman corrupción, en otro lugar es simplemente economía de mercado. Pero no podían tolerar aquello en lo cual no tenían participación. También fueron llenando la institución de multitud de agentes que hablando en jerga cubana "ponían mala la cosa", esto es: intrigando, regando chismes y poniendo trabas al engranaje de la oficina como tal. Sucedían cosas que nadie entendía, decisiones incomprensibles y así crecía el descontento y el malestar interno. Una maquiavélica y eficaz estrategia nada nueva por cierto.


El que no vea en esto una estrategia de eliminación, es un ingenuo o un ciego. Leal advirtió en reiteradas oportunidades que la Oficina estaba rodeada de enemigos pero la verdadera puñalada vino de adentro. Ya se sabe que alguien del círculo íntimo del Historiador de la Ciudad elaboró un pormenorizado informe de las fallas, sobre todo en la entrega de viviendas. Es un legajo de al menos 40 páginas enviado directamente a la oficina de Raúl que sirvió de guía para el misil totalitario.


Claro, estas "fallas" son imputables a la conducta quizá excesivamente permisiva y perdonadora del propio Leal con sus funcionarios que, dicho sea de paso, quienes más daño hicieron a la obra de la Oficina del Historiador fueron los propios inversionistas que representaban al Estado dentro de la institución. Ellos alteraban las listas del escalafón de la entrega de viviendas y violaban descaradamente la política del Plan Maestro en cuanto a dejar en el Municipio a los residentes más antiguos.

Quizá el fallo táctico más grande de Eusebio Leal fue tener que asumir el rango de empresario paralelo al de su labor espiritual. No estaba preparado para lidiar con estas huestes corruptas, que supieron minarlo de errores.Ayer, en lo que muchos consideramos su despedida, Leal afirmó que al ver en la Catedral de Milán el cuadro de Da Vinci La Ultima Cena comprendió que Judas Iscariote hizo una transición a la postmodernidad, con lo cual reafirmó lo que todos sospechábamos, un miserable traidor, que alimentaba oscuras ambiciones, apuñaló por la espalda un proyecto que devolvió a la vida el patrimonio de una nación, quizá lo último de lo cual Cuba podía enorgullecerse.

Lo segundo y más trascendente que expresó el Historiador de la Ciudad con voz trémula fue la frase: "He sido un prisionero de mi Ciudad". Acto seguido reveló el misterio que todos se preguntaban de siempre ¿por qué se viste de gris? Nada más sencillo como los grandes secretos. Cuando en 1967 se restauró el Palacio de los Capitanes Generales enviaron como trabajadores a convictos que usaban en aquel entonces este tipo de uniformes. Desde aquel momento Leal se juró que vestiría el traje de prisionero como una forma de homenaje a los que forzadamente excavaron la tierra patrimonial. Muchos de aquellos prisioneros (de los cuales no mencionó nombres) trabajan actualmente en la Oficina del Historiador. Es, más que nada, una forma de redención humana.

Muchos periodistas nacionales y extranjeros tenían lágrimas en los ojos durante el coloquial discurso, sabían que asistían a la despedida de un cubano más que como muchos siente en carne propia la traición más vil como la sufrieron Céspedes y Martí en San Lorenzo y Dos Ríos.

Cuba padece la triste herencia de que sus hijos, sus mejores hijos, al final no ven el fruto de sus sacrificios.

Pobre país, desvencijada Patria. La suerte está echada.